La Libertad II

•julio 24, 2008 • Dejar un comentario

Todo esto es universal, refiriéndonos a nuestro país, hay un otro factor muy importante, volvemos a la religión, estamos acostumbrado que para satisfacer a unos cuantos predadores de las creencias –como yo los llamo porque tratan de someter– aceptamos servilmente todo lo que nos inculcan, desafortunadamente mientras no nos libremos de ese lastre seguiremos esclavizados a ese hábito, digo hábito porque no nos obligan de una manera tajante sino que no sometemos merced al desarrollo mental en el que estamos inmersos, no quiero decir con esto que no podamos convivir con la religión. El concepto de religión como tal es una de las mejores cosas que el hombre ha creado, puesto que nos hace aceptar nuestro fín físico como algo inevitable y necesario, eso es parte de nuestro libre albedrío como un don en los seres humanos.

Bueno, hablando del tema que es por lo que estoy escribiendo esto, les diré que la libertad como yo la entiendo es poder hacer, expresar, decir, actuar dentro de ciertas normas —creadas por el mismo hombre para una cordial convivencia—, como lo dije anteriormente, todo lo que se te ocurra, sin que haya por eso algún tipo de represión o represalia que al fin y al cabo como seres humanos tendemos a ser beligerantes por naturaleza, ese es un punto muy interesante que voy a tratar también.

Pongámonos a pensar que a través de todas las épocas nos la hemos pasado tratando de obtener a la fuerza las propiedades del vecino del frente, este es el origen de casi todas las confrontaciones a través del tiempo en la historia del hombre, mucho cuidado con el factor servilismo puesto que la contraparte es que algunas civilizaciones se la han pasado medrando al vecino poderoso para obtener protección y supervivencia a un altísimo precio que es el ser incondicionales, tengo una sensación de deja vú, no sé por qué.

En este contexto, en México como en otros Estados la libertad ha estado condicionada por los avatares de la política, la mayor parte de su historia como Estado independiente y a través de sus diversos sistemas de gobierno, ha existido en mayor o menor grado represión en todos los aspectos y, sin llegar a justificarla vamos a tratar de entenderla. Después de dos eventos de independencia que se concretó en la segunda parte, dos intentos de monarquía, dos actos de entreguismo territorial, una intervención extranjera más difícil que las anteriores en términos de condiciones, una guerra “santa” y una revolución, el país quedó tan lastimado, que la efervescencia política resultante produjo una calma chicha, una especie de tregua que aun no termina, hemos vivido los últimos tiempos con cierta estabilidad política, económica y social que nos ha permitido desarrollarnos hasta ciertos parámetros impuestos por algunas potencias , aquí volvemos a lo de la relatividad, ahora va quedando mas claro?, llega el momento en que cualquier modelo político termina por desgastarse poco a poco cuando no ha habido sustento para su permanencia fortaleciéndose esa represión ejercida para poder mantenerse a flote porque solo así se puede entender, terminando por diluirse y pasar a su transición en este caso incruenta, al actual modelo político-económico, no prejuzgamos si es una extensión del anterior o solo se le parece por mera coincidencia, queremos pensar que como en una revolución todo lo que viene es en beneficio del ciudadano, pero del ciudadano de la siguientes generaciones no de la actual, que es la que sufre en carne propia los estragos del cambio, del reacomodo, y que conste que no se están poniendo en la balanza las virtudes o no virtudes a futuro de ese cambio.

Todo esto derivado por el tema central que nos ocupa que es la libertad, incluso lo que estoy escribiendo aquí forma parte del ejercicio de mi libertad de expresión que se ha dado no tanto por la tolerancia de mi gobierno que así lo predica, y de lo que hablaré mas adelante, sino que esto ha ido ocurriendo de una manera natural dado los cambios globales tan drásticos que se han dado en los diversos sistemas políticos mundiales, y nosotros tenemos que navegar con la corriente para no naufragar. ( el gobierno, claro está ) .

autor : yo

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La Libertad I

•abril 30, 2008 • Dejar un comentario

La libertad, qué es la libertad , creo que  desde que el hombre existe y piensa como ser racional,  que es lo más importante, podemos pensar que en un principio el elemental motivo que es la convivencia forzosa, que se tuvo que dar en los primeros seres humanos —esto es por conveniencia debido a que somos hasta hoy los mas irracionales seres racionales que la naturaleza ha creado— desencadenó entre otros factores, los primeros sentimientos de independencia y poder que dieron nacimiento al concepto de libertad; todo esto es relativo, por comparación con nuestros pares en otro plano que como veremos mas adelante no es la especie humana desafortunadamente. Empecemos por aplicar nuestra teoría sobre la supervivencia del ser humano sobre la tierra, creo que por naturaleza, y que conste que es mi teoría, estamos destruyendo nuestro entorno aparentemente pero esto es por evolución, claro, no piensen que el hombre puede hacer mucho por evitar la destrucción de nuestro medio ambiente, y aquí entra el factor convenenciero-político como lo llamo yo, puesto que es un filón de oro para muchas instituciones político-ecologistas a nivel mundial que lucran con el deterioro ambiental, aparentando defenderlo, se pregona que el hombre esta acabando con su medio ambiente sin ponernos a pensar que esto forma parte de su evolución, me explico, pertenecemos a un entorno del que no podemos sustraernos, porque somos parte de un modelo físico-cósmico cuasi inalterable, bueno, eso en primera instancia , ahora vamos a pensar en cierto tabú, pero ojo , tabú en México, porque hablar de esto es condenarse a la hoguera virtual  voy a comentar porqué, somos un país que gracias a la idiosincrasia de nuestra supuesta Madre Patria, que nos incrustó la religión hasta los huesos, tenemos ese pensamiento erróneo de que todos nuestros problemas,  presentes y futuros se solucionarán rogando,  orando, pidiéndole al Cielo que nos socorra, alivie nuestras penas, y sobretodo que nos procure cosas materiales sin poner nada o casi nada de nuestra parte, primero tratemos de superarnos y después demos las gracias, no podemos hablar de libertad si seguimos pensando de ese modo , puesto que seguiremos dependiendo de una  creencia, de una educación o de hasta de una teoría perversa que nos está limitando moral y físicamente para poder crecer como seres más racionales.

Mi teoría es esta, de todos los seres con mas sentido común que han existido en la tierra comulgo con el pensamiento de un prominente sabio que vivió en el siglo pasado, en una palabra clave, la relatividad, en este país, en este planeta y en este universo o en otros, todo suceso es relativo, todo hace referencia con lo que sucede ó  pasa en otros entornos.

Todo esto sirva como prólogo a el tema principal que es la libertad, libertad de qué, libertad para hacer qué, dentro de ciertos parámetros la libertad debería ser universalmente el objetivo a alcanzar del todo ser humano puesto que es su estado natural, pero acompañado de otros valores, en el principio tan único, que ahora todos deberíamos experimentarlo no solo los que tenemos cierto status social, no es justo para nadie que tengamos que calificar a la libertad según el nivel de vida que tenemos, todo absolutamente todo se basa en ese principio, podemos decir lo que queramos pero mientras exista esa desigualdad en el hombre no podemos  ni debemos siquiera tratar de calificar o someter a concurso el verdadero significado de la libertad.

autor : Yo

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El Héroe como Literato I

•febrero 27, 2008 • Dejar un comentario
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El héroe como literato.

Johnson.
Rousseau.
Burns.

Los Héroes-Dioses,  Profetas,  Poetas y Sacerdotes,  son formas del Heroísmo propias del pasado, surgidas en épocas remotas; la posibilidad de algunas de ellas cesó hace mucho tiempo, sin que puedan reaparecer. Hoy hablaremos del Héroe como Literato, producto de nuestros días, abrigando la esperanza de su existencia como una de las formas principales del Heroísmo en el porvenir mientras subsista el maravilloso arte de la Escritura o su reproducción, llamado Imprenta; es singularísimo fenómeno en varios aspectos.

Es nueva forma de Heroísmo, reciente, cuya aparición se remonta sólo a un siglo. Hasta hace unos cien años no hubo figura de Grande Alma que viviera independiente de modo tan anómalo, esforzándose por expresar su inspiración mediante Libros Impresos, que gozase de consideración y pudiese vivir de lo obtenido a cambio de su trabajo. Mucho se ha vendido y comprado, dejando corriera su suerte en el mercado, pero hasta entonces nunca había ocurrido lo mismo en cuanto a la sabiduría inspirada del Alma Heroica de manera tan cruda. Curioso espectáculo verlo en su descuidada buhardilla, con su raído traje, sus derechos y yerros literarios, imperando después de muerto, desde su tumba, sobre naciones y generaciones enteras, que le procuraron pan o se lo regatearon en vida. Pocas formas de Heroísmo hay más inesperadas.

En tiempos remotos tuvo el Héroe que revestir extrañas formas, porque, por su singularidad, muchas veces no sabían qué hacer con él. Parécenos absurdo pudiesen los hombres en su ruda admiración considerar Dios al magnífico y sensato Odin adorándolo como tal; al magnánimo y juicioso Mahoma como inspirado por la Divinidad, siguiendo religiosamente su Ley durante doce siglos; quizás algún día parezca aun más absurdo que los doctos y sublimes Johnson, Burns y Rousseau fuesen considerados como meros ociosos venidos al mundo para combatir el tedio a cambio de algunos aplausos y monedas que les permitiesen vivir. No obstante, puesto que lo espiritual es siempre lo que determina lo material, este mismo Literato-héroe debe considerarse como el personaje más importante hoy, porque es el que anima a todos los demás, que obran de acuerdo con su consejo. El aspecto más significativo de la situación general del mundo es la manera como lo considera. Si penetramos en su vida podremos tener claro concepto de la vida de esos singulares siglos que lo produjeron y en los que vivimos y laboramos.

Hay Literatos auténticos y otros que no lo son, porque en todos los géneros hay legítimos y espurios. Si Héroe es sinónimo de legítimo, afirmo que el Literato como Héroe desempeña función honorabilísima, sublime, cuya superioridad ha sido reconocida ya. Manifiesta la inspiración de su espíritu tal como brota en él, lo más que puede hacer el hombre. Digo inspiración, porque lo que llamamos originalidad, sinceridad, genio, es decir, la cualidad heroica para cuya expresión carecemos de palabra, significa todo eso. Es Héroe el que mora en la esfera interna de las cosas, en la Verdad, lo Divino y Eterno existente, invisible para los más, bajo lo Temporal, Trivial, residiendo en esencia en aquello, manifestándólo en sus actos o palabras, revelándose. Su vida es un retazo del sempiterno corazón de la Naturaleza, siéndolo todos, pero los débiles desconocen la realidad, siéndole infieles las más de las veces, mientras los fuertes son heroicos, perennes, porque la realidad no puede ocultárseles. El Literato, como todos los Héroes, existe para proclamarla como le sea posible. Intrínsecamente desempeña la misma función que aquellos a quienes las remotas generaciones llamaron Profetas, Sacerdotes, Divinidades, porque todos ellos vinieron al mundo para lo mismo: expresar o llevar a cabo lo que había que hacer.

Fichte, el filósofo alemán, dictó hará unos cuarenta años en Erlangen, un notable Curso de Conferencias sobre el tema: Ober das Wesen des Gelehtrten, De la Naturaleza del Literato. De conformidad con la Filosofía Trascendental, en la que descolló como maestro, declara: Que todo cuanto vemos o efectuamos en el Mundo, especialmente nosotros y todos los demás, es una especie de ropaje o Apariencia sensible, bajo la cual reside como esencia lo que denomina Idea Divina del Mundo, que es la Realidad residente en el fondo de toda Apariencia. La muchedumbre desconoce esa Idea Divina, viviendo entre superficialidades, posibilidades y apariencias del mundo, según Fichte, sin sospechar que hay algo divino en su entraña. Pero el Literato surge especialmente para discernir por sí y manifestarnos esa Idea Divina, exteriorizándose en cada nueva generación mediante nuevo dialecto, naciendo para eso. Tal es la fraseología de Fichte, de la que no disentimos. Ésa es su manera de llamar lo que me esfuerzo por denominar imperfectamente, porque hasta ahora no tiene nombre: La inefable Significación Divina, esplendente, maravillosa y aterradora, que mora en el ser de todos los hombres, de todas las cosas: la Presencia del Dios que nos creó a todos y a todas ellas. Eso enseñó Mahoma en su dialecto y Odin en el suyo; es lo que todos los corazones pensantes tienen que enseñar, en un dialecto u otro.

Fichte llama al Literato Profeta, mejor dicho Sacerdote, que incesantemente revela lo Divino a los hombres: los Literatos son Sacerdotes perpetuos que enseñan al hombre, generación tras generación, que Dios preside su vida, que toda Apariencia observada en el mundo, no pasa de ropaje que viste la Idea Divina del Mundo, residente en el fondo de la Apariencia. Siempre hay en el legítimo Literato cierta santidad reconocida o denegada; es la luz del mundo, el Sacerdote que le sirve de guía como sagrada Columna de Fuego en su tenebrosa peregrinación a través del desierto del Tiempo. Fichte distingue con celo el Literato auténtico, lo que llamamos Héroe como Literato, de la multitud de falsos y vulgares. El que no vive por completo en esta Idea Divina, o vive parcialmente sin esforzarse como el bueno por vivir totalmente en ella, no es Literato, more en donde more, con la pompa y prosperidad que lo rodee; Fichte lo llama chapucero. En el mejor caso, si pertenece a las provincias prosaicas, puede ser un jornalero; Fichte llega a llamarlo una nulidad, no teniéndole lástima, negándole el derecho a la dicha entre los hombres. Ésa es la opinión de Fichte sobre el Literato, tiene el mismo significado que nosotros le damos. Desde este punto de vista considero que durante los últimos cien años, Goethe, conterráneo de Fichte, ha sido el más notable entre los Literatos. También él gozó, de extraña manera, de lo que llamamos vida en la Idea Divina del Mundo; visión del divino misterio interior; lo sorprendente es que en sus Libros surge el mundo imaginado como divino, como creación y templo de un Dios. Goethe lo iluminó todo, no con el violento, impuro e ígneo esplendor de Mahoma, sino con suave y celestial resplandor: fue Profecía de estos tiempos carentes de profetas; para mí es la más grande de las cosas que se han sucedido en nuestra época, aunque también la más tranquila. Nuestro modelo de Héroe-literato sería Goethe, siéndome agradabilísimo relataros su heroísmo, porque lo considero Héroe legítimo, heroico en cuanto dijo e hizo, quizá más aun en lo que silenciara o dejara de hacer, ofreciendo el noble espectáculo del héroe clásico, hablando y guardando silencio como los antiguos, personificado en el más moderno, fino y culto Literato, sin que haya otro caso durante los últimos ciento cincuenta años.

Pero ahora, dado lo que en general se sabe de Goethe, considero inútil hablar de él. Para la mayor parte de los oyentes, Goethe resultaría problemático, vago; dijese lo que dijese, causaría una falsa impresión; por eso lo reservamos al porvenir, siendo preferible hablaros de Johnson, Burns y Rousseau, tres grandes figuras anteriores a él, debido a circunstancias bastante inferiores. Los tres son del siglo XVIII; el ambiente de su vida parécese mucho más al actual en Inglaterra que al de Goethe en Alemania. Desgraciadamente estos hombres no vencieron como él; lucharon valientemente y cedieron. No fueron heroicos portadores de luz, sino heroicos buscadores. Vivieron en amargas circunstancias, luchando bajo montañas de obstáculos, no pudiendo revelarse claramente ni alcanzar la victoria interpretando esa Idea Divina. Lo que puedo mostraros es las Tumbas de tres Héroes Literarios; ahí tenéis los túmulos monumentales bajo los que yacen tres gigantes espirituales; tristes, ciertamente, mas grandes e interesantísimas para nosotros. Detengámonos unos momentos ante ellas.

Con frecuencia oímos lamentaciones sobre lo que llamamos estado de desorden social, lo mal que efectúan su cometido muchas fuerzas sociales articuladas; cuántas entre las más poderosas obran inútilmente, caóticas, mal relacionadas; la queja es justa, todos lo sabemos. Mas quizá si consideramos la de los Libros y sus Autores, hallemos algo como sumario de la desorganización de todo lo demás, especie de corazón del que parte y al que concurre la confusión mundial. Considerando lo que hacen los Autores de Libros en el mundo y lo que el mundo hace con ellos, opino que es lo más anómalo que presenta hoy la sociedad. Si intentásemos explicarlo nos aventuraríamos en insondable mar; no obstante, hay que considerarlo por requerirlo nuestro tema. El peor elemento de la vida de esos tres Héroes Literarios fue haber hallado su tarea y situación como un caos. La senda trillada permite hacer camino; lo penoso, lo que hace caigan muchos, es abrir un sendero a través de lo intransitable.

Nuestros piadosos Padres, comprendiendo cuán importante es que el hombre dirija la palabra a sus congéneres, edificaron iglesias, instituyeron fundaciones, redactaron reglamentos; en todo pueblo civilizado hay un Púlpito rodeado de toda clase de adjunciones complejas y dignificadas, desde el que el hombre habla a sus hermanos para instruirlos. Los antepasados creian que esto era lo más importante, sin lo cual era inútil todo lo demás. Piadosa fue su obra, bella su contemplación; mas hoy, con el arte de la Escritura y la Imprenta, cambiaron las cosas totalmente. ¿No es el Autor de un Libro, Predicador que habla a todos, en todo tiempo y latitud y no a esta o aquella parroquia y en día señalado? No es de suma importancia que su líbro esté bien o mal escrito, lo que importa es que sus ojos vean claramente, pues de no ser así se extravían los demás órganos. El modo como escriba su obra, bien o mal, que no llegue a escribirla, es cosa que a nadie preocupa; quizás importe al librero que piense beneficiarse con su venta, de tener éxito, pero no a los demás. Nadie pregunta de dónde vino, a dónde llegará, qué puede hacerle avanzar en su carrera literaria, por no ser esencial para la sociedad, vagando como solitario ismaelita en mundo cuya luz espiritual es, para salvarlo o para perderlo.

El Arte de la Escritura es el más maravilloso ideado por el hombre. Las Runas de Odin fueron la primitiva forma de la labor del Héroe; los Libros, las palabras escritas, son milagrosas Runas perfeccionadas; en ellos reside el alma de todo el Pasado, la voz articulada y audible del Pasado, cuando la sustancia corporal y material se ha desvanecido como ensueño. Estimables y magníficas son las poderosas flotas y ejércitos, los puertos, arsenales, inmensas ciudades de elevadas cúpulas y admirables fortificaciones, pero, ¿qué son para el tiempo? Agamenón, los muchos Agamenones, Pericles y su Grecia trocáronse en ruinosos fragmentos, mudos y tristes restos, montones de piedra, mientras en los Libros Griegos vive Grecia literariamente para los pensadores que la evocan. No hay Runa más extraña que un Libro; todo cuanto hizo, pensó, logró, o fue la Humanidad reside mágicamente conservado en sus páginas; por eso es posesión predilecta del hombre.

Los Libros obran milagros, como se decía de las Runas, puesto que persuaden a los hombres. Hasta la despreciable novela por entregas que las alocadas muchachas de la perdida aldea leen con avidez influye en los convenios matrimoniales y en los hogares. Así lloró Celia, así obró Clifford, y el disparatado Teorema de la Vida, grabado en los jóvenes cerebros, se convierte ea sólida práctica un día. Considerad si hubo Runa que obrase en la más impetuosa imaginación de un Mitólogo las maravillas que algunos Libros han operado en la tierra firme. ¿Quién erigió la construcción de la catedral de San Pablo? Si penetramos al corazón de la cosa, descubriremos fue aquel divino Libro Hebreo, en parte, la palabra de Moisés, el desterrado que conducía a sus Madianitas por las soledades del Sinaí hace cuatro mil años; aun siendo la más extraña de las cosas no por ello deja de ser cierto. Con el arte de la Escritura, del que la Imprenta es simple, inevitable e insignificante corolario, inicióse el verdadero reino de los milagros para la humanidad. Enlazó el Pasado Remoto con el Presente en tiempo y lugar con sorprendente contigüedad y perpetua intimidad, todas las épocas y lugares con nuestro Aquí y Ahora, alterándolo todo, vari:mdo todas las prácticas en las importantes funciones del hombre: la enseñanza, la predicación, el gobierno, todo.

Veamos la enseñanza, por ejemplo. Las Universidades son un notable, respetable producto de los tiempos modernos. También su existencia ha sido modificada hasta la base, debido a los Libros. Surgieron las Universidades cuando todavía no era posible procurárselos con facilidad, cuando un hombre, para obtener un solo Libro tenía que dar un trozo de tierra. En esas circunstancias, si alguien tenía que comunicar algún conocimiento, reunía a sus oyentes y lo manifestaba. Para saber lo que Abelardo sabía, había que ir donde estuviera y escucharlo, siendo treinta mil los que fueron a oír de sus labios su teología metafísica, ocurriendo otro tanto con todo profesor que tuviera algo propio que manifestar, porque allí disponía de local, al que acudían muchos miles ansiosos de ciencia; luego presentábase un tercer profesor, aprovechando la coyuntura, aumentando en importancia a medida que afluían los maestros; entonces el Rey, ante aquel nuevo fenómeno, combinó o reunió las variás escuelas, concediendo edificios, privilegios, facilidades, llamando a dichos centros Universitas o Escuelas de todas las Ciencias; surgió la Universidad de París con su carácter esencial, modelo de las sucesivas Universidades que, durante seis siglos, fueron fundándose una tras otra. Así creo se originaron las Universidades.

Salta a la vista que debido a la facilidad en adquirir libros cambiaron las cosas por completo, que con la invención de la Imprenta quedaron metamorfoseadas las Universidades, reemplazándolas, porque el Maestro no necesitaba reunir a la gente para comunicarle su saber, sino imprimir un libro y de este modo todos los estudiosos podían adquirirlo por poco dinero, leyéndo!o ante su chimenea, propagándose el saber. No pongo en duda la virtud del Discurso; hay escritores que creen conveniente dirigir la palabra al público en algunas circunstancias, como yo en estos momentos. Mientras el hombre tenga lengua habrá y debe haber delimitación de dominios entre el Discurso y la Escritura o Imprenta, respecto de muchas cosas, entre ellas las Universidades; lo que ocurre es que aún no se señalaron o indicaron los límites, no pudiéndose poner en práctica, no existiendo todavía Universidad que adopte este nuevo hecho de la existencia de los Libros Impresos, basando en ellos por completo la enseñanza en el siglo XIX, como basó la suya en la palabra la de París en el XIII. Si reflexionamos observaremos que la Universidad, o cualquier Escuela Superior, no puede hacer por nosotros más de lo que hizo la Escuela primaria, es decir, enseñarnos a leer, porque en ella aprendemos a leer en varios idiomas, diferentes ciencias, aprendiendo el alfabeto y letras de toda suerte de libros, acudiendo a ellos en busca de conocimiento, aun el teórico, dependiendo nuestra sabiduría de nuestras lecturas, después que toda clase de Profesores se esforzaron por instruirnos. La verdadera Universidad de estos días es una Colección de libros.

También la Iglesia experimentó transformación en sus predicaciones y funciones; la Iglesia es la activa y reconocida Unión de nuestros Sacerdotes o Profetas, de aquellos que conducen las almas de los hombres con sabia enseñanza. Cuando no había Escritura, hasta cuando no existía la Imprenta, la prédica oral era el solo medio natural de comunicación; pero ahora, con los Libros, todo el capaz de escribir uno sincero que persuada a Inglaterra es Obispo y Arzobispo, Primado de Inglaterra y de Toda Inglaterra. He dicho muchas veces que los que escriben Periódicos, Folletos, Poemas y Libros, son la Iglesia activa y efectiva de un país moderno. No sólo la predicación, sino la adoración es posible mediante los Libros. El sentimiento noble al que dió cuerpo con melodiosas palabras un espíritu selecto, que conmueve melódicamente nuestro corazón, es ciertamente de la naturaleza de la adoración, si lo comprendemos. En estos tiempos de confusión hay muchos que no tienen otro medio de veneración en todas las naciones. El que nos hace comprender la belleza del lirio silvestre de mejor manera que la conocida, y sea como fuere, nos lo enseña como emanación del Manantial de Toda Belleza, como escritura visible del gran Creador del Universo, canta y hace que cantemos con él un versículo de un Salmo sagrado. Así es en esencia, y mucho más aun en el que canta, dice, o hace llegar hasta nuestro corazón de un modo cualquiera los nobles hechos, sentimientos, atrevimientos y sufrimientos de un hombre hermano, conmoviendo sinceramente nuestro corazón como al contacto de la brasa tomada en el altar. Quizá no hay veneración más auténtica.

La Literatura, tal como se encuentra, es apocalipsis de la Naturaleza, revelación del secreto a voces. Bien pudiera llamarse, a la manera de Fichte, revelación continua de lo Divino en lo Terrenal y Vulgar. Lo Divino perdura en él ciertamente, exteriorizándose mediante un dialecto, luego en otro, con gradual claridad: eso es lo que hacen todos los sinceros y excelsos Cantores y Oradores, consciente o inconscientemente. La sombría y tormentosa indignación de un Byron, tan díscolo y perverso, puede presentar matices de ello; la mofa descarnada de un escéptico francés, la burla que hace de lo Falso, es amor y veneración por lo Verdadero. ¡Cuánto más lo es la armonía universal de un Shakespeare, de un Goethe, la música catedralicia de un Milton!, siendo algo también esas humildes notas de alondra de un Burns, tímida calandria que levantó el vuelo en un surco para planear en las profundas alturas del azur cantando desde allí de modo tan sincero. Porque todo canto sincero es una forma de adoración, como puede decirse de todo trabajo cuyo relato es tal canto, adecuada y melódica representación. En ese inmenso y espumoso océano de Discursos Impresos que denominamos inexactamente Literatura, se agitan fragmentos de verdadera Litúrgica Eclesiástica y Recopilación de Sermones, extrañamente disfrazados para los ojos del vulgo. También ios Libros son nuestra Iglesia.

En lo concerniente al Gobierno, Witenagemote, el antiguo parlamento fue cosa de importancia. En él se deliberaban y decidían los asuntos de las naciones, lo que habíamos de hacer como nación; mas ahora, aun subsistiendo el nombre de Parlamento, los debates se realizan en todos sitios y a todas horas, de manera más comprensible, fuera del Parlamento. Dijo Burke que en el Parlamento había Tres poderes, pero en la Tribuna de los Periodistas había un Cuarto Poder más importante que aquéllos, no siendo esto figura retórica ni chiste, sino hecho cierto, oportuno en nuestros días. También la Literatura es Parlamento. La Imprenta, necesariamente originada en la Escritura, equivale a la Democracia; con la invención de la Imprenta era inevitable la Democracia. La Escritura produce la Impresión, universalizando un día tras otro improvisadas impresiones, como podemos observar. Todo orador que se dirige a la nación se trueca en potencia, en brazo del gobierno, que pesa necesariamente en la aprobación de las leyes, en todo acto de autoridad, sin tener en cuenta su situación, rentas o galas, requiriendo sólo tener lengua a la que presten oídos los demás. La nación es gobernada por todas las lenguas que logran hacerse oír: en eso está virtualmente la Democracia. Añadamos que todo poder existente se organiza lentamente, laborando en secreto refrenado, en la oscuridad, luchando con obstáculos, sin descanso hasta que puede actuar libremente, sin trabas, a la vista de todos. La Democracia que existe virtualmente existirá en manifestarse ostensiblemente.

Siempre llegamos a la conclusión de que todo lo más perentorio, maravilloso y valioso entre todo lo que el hombre hace y produce en este mundo son los Libros, esos humildes trozos de papel de trapo con tinta negra. ¿Qué no hicieron, qué no están haciendo desde el Periódico hasta el sagrado Libro Hebreo? Porque, sea cual fuere la forma exterior de la cosa (hojas de papel y tinta negra), ¿no es ciertamente en su fondo el acto más sublime de la facultad humana lo que produce el Libro? Es el Pensamiento del hombre, la verdadera virtud de taumaturgo; eso le mueve en todo. Todo lo que hace y produce es ropaje de un Pensamiento. La Ciudad de Londres, con sus edificios, palacios, máquinas de vapor, catedrales, su enorme e inmenso tráfico y tumulto es un Pensamiento, millones de Pensamientos reunidos en Uno, un enorme e inmensurable Espíritu de Pensamiento, materializado en ladrillo, hierro, humo, polvo, Palacios, Parlamentos, Coches de alquiler, Diques y todo lo demás. Ningún ladrillo se hizo sin que alguien pensase en producirlo. Lo que llamamos hojas de papel con rasgos de tinta negra, es la materialización mds pura que puede revestir el Pensamiento humano. No nos maravillemos de que sea en todos los aspectos el más noble y activo.

Todo eso, la suma importancia del Literato en la Sociedad moderna, el modo como la Prensa reemplaza al Púlpito, al Senado, al Senatus Academicus y muchas cosas más, ha sido reconocida desde hace mucho tiempo, aceptado finalmente con una especie de triunfo sentimental y sorpresa. Opino que lo Sentimental dejará su lugar poco a poco a lo Práctico. Si los Literatos gozan de tan incalculable influencia, encargándose de tal tarea un día tras otro, creo debemos decidir que el Literato no continuará vagando como desconocido y solitario ismaelita entre nosotros. Ya dije que todo lo que posee poder virtual ignorado romperá sus ligaduras, surgirá un día con potencia ostensible articulada, universalmente visible. Es posible que alguien se atavíe con las galas ajenas, reciba el estipendio por función desempeñada por otro; esto no reporta beneficio, ni es justo tampoco. Y, no obstante, su acertada producción es tarea pesada reservada al lejano porvenir. Lo que denominamos Organización del Gremio Literario está muy lejos aún, abrumado por toda clase de complejidades; si se me preguntase cuál es la mejor organización posible para los Literatos en la sociedad moderna, la ordenación y regulación para su progreso, basada con exactitud en los hechos presentes de su posición y la mundial, respondería que el problema supera en mucho a mis facultades. La solución aproximada no depende de la facultad de un hombre, sino de la de muchos que se sucedan aplicándola sinceramente al problema. Nadie puede decir cuál sería su mejor organización, pero de inquirir: ¿cuál es la peor?, respondería: la actual, en que el Caos es árbitro; estamos muy lejos aún, no solo de la mejor, sina de la buena.

Hay que observar que la concesión de subvenciones de parte del Rey o el Parlamento no es lo más indispensable. Muy poco modificaría la cuestión la concesión de estipendios, donaciones y toda clase de ayuda económica. Estamos. cansados de oir hablar sobre la omnipotencia del dinero. Diré que para el literato auténtico no es un mal la pobreza, que es necesario haya Literatos pobres para demostrar si son legítimos o no. La Iglesia Cristiana instituyó las órdenes Mendicantes, comunidades de hombres buenos condenados a pordiosear, desarrollo naturalísimo y hasta necesario del espfritu del Cristianismo, fundado en la Pobreza, el Sufrimiento, la Contradicción, la Crucifixión, cosas tenidas como Desgracia y Degradación. Puede afirmarse que el que desconoce dichas cosas, ignorando las preciosas lecciones que procuran, pierde oportunidad de aprender. Ningún atractivo tenía pedir limosna, ir descalzo, vestir áspero hábito de lana con una cuerda a la cintura, ser despreciado por todo el mundo, no siendo tampoco honroso, hasta que la nobleza de los sometidos a ello hizo que lo honrasen algunos.

No es corriente pordiosee el Literato en nuestros tiempos; no obstante, ¿quién osará decir que Johnson no es mejor, precisamente por ser pobre? Es necesario que sepa que los bienes exteriores, el éxito de toda índole no es el fin a qüe debe tender. El orgullo, la vanidad, el mal entendido egoísmo de toda especie anidan en su corazón, como en el de todos; eso es lo que ante todo debe desarraigar de su entraña, arrancado sin que le venza el dolor que le cause, como cosas inútiles. Byron nació rico y noble, no llegando donde llegó Burns, pobre y plebeyo. ¿Quién sabe si en la mejor organización posible, muy lejana todavía, no entrará la Pobreza como importante elemento? ¿Qué tendría de extraño que nuestros Literatos, hombres venidos a ser Héroes Espirituales, fueren entonces, como ahora son, una especie de orden monástica involuntaria, sujetos a la misma fea Pobreza, hasta que probaren lo que en ella reside, hasta aprender lo que ella puede hacer por ellos? Cierto es que el dinero puede mucho, mas no puede todo. Hay que conocer cuál es su dominio, confinándolo y rechazarlo, cuando se proponga rebasarlo.

Supongamos que ya estuvieran prefijados los auxilios pecuniarios, la fecha de su entrega, el distribuidor, ¿cómo reconocer entonces al Burns que los merece? Tendría que someterse a prueba y justificarlo. Este agitado caos llamado Vida Literaria ya es una prueba. Evidente verdad hay en la idea de que las clases inferiores de la sociedad lucharán siempre por remontarse a las regiones superiores para alcanzar la recompensa, pues en ellas hay hombres fuertes nacidos para ocupar mejores puestos. La lucha múltiple, inextricablemente compleja, universal, constituye y debe constituir lo que llamamos progreso de la sociedad, para los Literatos lo mismo que para todos los demás. ¿Cómo reglamentar esa lucha? He ahí el problema. ¿Lo abandonaremos a merced del ciego azar como remolino de dispersos átomos que se eliminan unos a otros, llegando uno entre mil, mientras se pierden novecientos noventa y nueve en el camino? ¿Permitiremos que languidezca en su buhardilla el noble Jonhson, uncido al yugo del impresor Cave; que muera el desesperado Burns en su oficio de aforador; que llegue Rousseau a la loca exasperación haciendo estallar Revoluciones francesas con sus paradojas? Ya hemos dicho que ésa es la peor organización. La mejor está muy lejos aún.

Sin embargo, no hay que dudar que está en marcha, que avanza hacia nosotros, aunque oculta en el seno de los siglos; es profeda que podemos arriesgamos a hacer; porque tan pronto discierne el hombre la importancia de una cosa comienza infaliblemente a organizarla, a facilitarla, a impulsarla, no descansando hasta que lo consigue dentro de lo posible. He dicho que entre todos los Sacerdocios, Aristocracias, Clases Gobernantes existentes en este mundo, no hay clase comparable por su importancia con el Sacerdocio de los Autores de Libros. Hecho es ése que puede observar el que estudia, sacando deducciones. Cuando solicitaron de Pitt ayuda para Burns replicó: La Literatura se encargará de si misma. Si, añade Southey, y también de ustedes, si se descuidan.

Para el Literato como individuo el resultado no es importante, por ser mero individuo, fracción inCinitesimal del gran organismo; puede seguir luchando, vivir o morir, como ocurre. A quien interesa vivamente que sitúe su luz en elevadas regiones, para guiarse por ella y no la pisotee desperdiciándola (no sin conflagración) como hasta hoy, es a la sociedad. Lo que necesita el mundo es luz. Si la sabiduría dirige al mundo, el mundo logrará sus victorias y será el mejor que pueda producir el hombre. A esta anomalía de una Clase Literaria anárquica la llamo la entraña de todas las demás anomalías, producto y origen de ella; su organización sería el punctum saliens de nueva vitalidad y equitativa organización de todo. En algunas naciones europeas, Francia y Prusia, por ejemplo, descubrimos algunos conatos de organización de la Clase Literaria, que indican que esa organización es posible. Yo creo que es posible; que muy pronto tendrá que serlo.

El hecho más interesante que conozco de los chinos, que no podemos aclarar, pero que excita intensamente la curiosidad aun siendo tan oscuro, es su propósito de que los gobiernen los Literatos. Temerario sería afirmar que comprendemos cómo se hace o con qué grado de éxito. Todo eso tiene que sufrir un gran fracaso; no obstante, por pequeño que fuera su éxito tiene gran valor, teniéndolo el solo hecho de intentarlo. Parece que en toda la China se busca con mayor o menor actividad a los hombres de talento de la joven generación. Hay escuelas, para cada uno; el plan de estudios será tonto, pero hay un plan. Los niños que se distinguen en el primer grado pasan a ocupar los mejores sitios en la secundaria, procurándoles ocasión para distinguirse más aun y así van ascendiendo. Parece que los Funcionarios y Gobernantes incipientes se seleccionan en estos establecimientos. A tales alumnos aventajados les encomiendan la tarea de gobernar. No sin razón, porque se trata de hombres que ya han demostrado capacidad. Ensayadlos: no han gobernado ni administrado hasta ahora; tal vez no puedan hacerlo, pero no hay duda de que tienen algún Entendimiento, sin el cual nadie es capaz de efectuarIo. El Entendimiento no es instrumento, como pudiera creerse, sino mano capaz de manejar cualquier instrumento. Ensayad esos hombres; son entre todos los más dignos. No conozco sistema de gobierno, constitución, revolución, organismo o máquina social en el mundo tan prometedor para la curiosidad científica como éste. El hombre de talento a la cabeza de la cosa pública: tal es el fin de toda constitución y revolución, si es que tienen un fin. Porque el hombre de verdadero talento, como afirmo y creo siempre, es el hombre de noble corazón. el sincero, el justo, el humano y valiente. Si ponemos el gobierno en sus manos todo irá bien, si no lo descubrimos, aunque las Constituciones abunden como las moras y aunque haya un Parlamento en cada aldea, nada se adelantará.

Es cierto que todo esto parece extraño, y no es un tema de común discusión. Pero estamos en extraña época, llegará día en que habrá que discutir sobre ello. para que sea realizable, para realizarlo de algún modo, tanto estas cosas como muchas otras. Todo el mundo anuncia, de modo que puede oírse, que finalizó el Imperio de la Rutina; que los muchos años de duración de una cosa no son razón para que continúe en vigor. Todo lo pasado tuvo su época de decadencia; en toda sociedad europea hay muchedumbres incapaces de vivir sujetas a lo pasado. Cuando millones de hombres no pueden ya ganar el pan a pesar de grandes esfuerzos, y, cuando de cada tres hombres hay uno que carece de patatas de tercer orden treinta y seis semanas cada año, las cosas del pasado tienen que sufrir alteraciones. Dejemos ahora el tema de la organización de los Literatos.

Continúa

El Héroe como Sacerdote III

•febrero 12, 2008 • Dejar un comentario

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La fase más interesante asumida por la Reforma es el Puritanismo, para los ingleses especialmente.

El Protestantismo trocóse prontamente en aridez en el país de Lutero, no en materia de religión, de fe, sino antes en contienda dialéctica teológica, no originada en el corazón, siendo su esencia la discordia escéptica, que se encendió cada día más hasta llegar al Volterianismo, pasando por los debates de Gustavo-Adolfo y desembocando en los de la Revolución Francesa. En nuestra isla originó un Puritanismo que logró establecerse como Iglesia Presbiteriana y Nacional en Escocia, surgiendo como cordial realidad, produciendo sus frutos. En cierto sentido pudiéramos decir fue la sola fase del Protestantismo que gozó de la jerarquía de Fe, verdadera comunión cordial con el Cielo, considerándolo la Historia como tal. Hablemos de Knox, hombre bravo y notable, que descolló sobre todo como jerarca y Fundador de la Fe que abrazaron Escocia, Nueva Inglaterra y Oliverio Cromwell; la Historia nos hablará de ello.

El Puritanismo puede ser objeto de censura, si se quiere; supongo que nadie lo considera perfecto, mas hay que tener presente que fue producto de sinceridad, puesto que la Naturaleza lo adoptó, extendiéndose y desarrollándose. Dije alguna vez que en este mundo todo progresa al calor de la lucha; que la fuerza, bien entendida, es medida de toda valia. Si la cosa es justa alcanzará éxito por el tiempo. Considerad América Sajona, el simple Hecho de la salida del Mayflower del puerto de Delft (en Holanda) hace doscientos años. Si nuestro sentido estuviese tan despierto como el de los griegos, veríamos en ello un Poema, Poema de la Naturaleza, como el que compone amplios hechos sobre los grandes continentes. Aquello fue ciertamente el comienzo de América, en la que había dispersos colonos, algo así como un cuerpo, al que infundió alma aquella expedición. Aquellos infortunados, desterrados de su país, que tampoco pudieron vivir en Holanda, determinaron establecerse en el Nuevo Mundo, tierra de negros bosques vírgenes, poblada de salvajes, no tan crueles para ellos como el verdugo oficial. Creían que la Tierra les proporcionaría alimento, si la trabajaban con cuidado; que el eterno cielo se extendería sobre sus cabezas como en su país, que gozarían de paz, preparándose para la Eternidad viviendo como es debido en este mundo del tiempo, adorando lo que creyeren cierto, sin idolatría. Reunieron lo que poseían, fletaron un buque, el pequeño Mayflower, y se hicieron a la vela.

En la Historia de los Puritanos, de Neal, se relata la ceremonia de la salida, solemnidad pudiéramos llamarla, puesto que fue acto de verdadera adoración. Su capellán los acompañó hasta el embarcadero, juntamente con los hermanos que dejaban en tierra, reuniéndose todos en ferviente plegaria, deseándoles que Dios se apiadase de sus desdichados Hijos, los encaminase por aquellas vastas soledades, pues Él era el Creador de todo aquello, residiendo en ellas como en la tierra que dejaban. A mi entender los expedicionarios cumplían una misión. La cosa más endeble, más débil que un niño, se vigoriza un día si es veraz. Por aquellos días el Puritanismo era despreciable, irrisorio, pero hoy nadie lo toma a broma. Dispone de armas y fortalezas, cañones y buques de guerra, destreza en sus diez dedos, fuerza en su brazo derecho, puede gobernar navíos, talar bosques, hacer saltar montañas, es una de las cosas más fuertes bajo el sol.

En la historia de Escocia no hallo más que una época, pudiendo afirmar no contiene nada de mundial interés, excepto la Reforma de Knox. Pobre tierra estéril, turbada por continuos tumultos, disensiones y matanzas; pueblo que vive en estado de rudeza e indigencia, apenas mejor que Irlanda en nuestros días. Los codiciosos y fieros señores, incapaces de convenir entre sí cómo habían de repartirse lo que quitaban a los miserables ganapanes, obligados como las Repúblicas sudamericanas de nuestros díás a convertir en revolución cualquier alteración; que no sabían cambiar un ministerio si no era ahorcando a los ministros; espectáculo histórico de no muy singular significación. No dudo fueren bravos; luchaban feroz y continuamente, pero no con más valor o ferocidad que sus antecesores, los piratas escandinavos, cuyas hazañas no hemos creído dignas de resucitar. Era país casi sin alma, en el que todo estaba en cierne, excepto lo rudo, externo, semianimal, encendiéndose la vida interior al sobrevenir la Reforma bajo aquellas costillas inanimadas. La causa, la más noble entre las causas, brilla con luz propia en las alturas del Firmamento como un fanal visible desde la Tierra, con lo cual el más humilde de los hombres truécase en Ciudadano, en Miembro de la Iglesia visible de Cristo, en verdadero Héroe, si es sincero.

Cuando digo pueblo de héroes, hay que entender nación que tiene fe. No es el alma grande lo que hace al héroe, sino el alma divina fiel a su origen; ésa es la grande. Ya vimos cosas parecidas y volveremos a verlas, bajo formas más amplias que la Presbiteriana; hasta entonces no podrá producirse bien duradero, cosa imposible según algunos. ¿Imposible? ¿No existió ya como hecho practicado? ¿Falló el Culto de los Héroes en el caso de Knox? ¿Somos hoy los hombres de barro diferentes a los del pasado? ¿Confirió la Confesión de Fe de Westminster alguna nueva propiedad al alma del hombre? Dios creó el alma del hombre sin condenar a ninguna a vivir como Hipótesis y ficción en un mundo infestado por ellas, su influencia y su fruto.

Continuemos; lo que hizo Knox por su pueblo puede llamarse realmente resurrección; ardua era la empresa, pero aceptada de buen grado, considerando ventajoso el precio que costara, aunque hubiera sido más aventurada; ventajosa en conjunto a cualquier precio, como lo es la vida. Entonces comenzaron a vivir, mediante la condición de realizar lo que se habían propuesto y a toda costa. Opino que Knox y la Reforma influyeron sobre la Literatura escocesa, y el Pensamiento, sobre la Industria. James Watt, David Hume, Walter Scott, Robert Burns, actuando en el coraz6n de todos ellos y los fenómenos; creo que sin la Reforma no habría surgido ninguno de ellos y, ¿qué hubiera sido de Escocia? El Puritanismo escocés hízolo suyo Inglaterra, Nueva Inglaterra. El tumulto producido en la Parroquial de Edimburgo se transformó en pugna universal, en batalla en todos los terrenos, resultando, tras cincuenta años de lucha, lo que llamamos Revolución Gloriosa, una Ley de Habeas Corpus, los Parlamentos Libres y muchas otras cosas. Cierto es lo que dijimos: que muchos de los que figuran en la vanguardia caen en el foso de Schweidnitz, como los soldados rusos, llenándolo con sus cadáveres, para que pase sobre ellos la retaguardia y se apodere de la plaza. ¡Cuántos fueron los graves Cromwells, Knoxes, humildes Campesinos escoceses que contendieron defendiendo la vida en ásperos cenagales, luchando, sufriendo, muriendo, calumniados, enlodados, antes que la bella Revolución del 88 avanzase sobre sus cuerpos, con escarpines de seda, entre universal aplauso.

Paréceme increíble que aquel escocés tenga que defenderse tres siglos después ante el tribunal del mundo de haber sido el más bravo entre los escoceses en aquellos tiempos. Bien pudo agazaparse en un rincón como otros muchos; mas su pureza se lo vedó; él hubiera escapado a las censuras, pero Escocia continuaría esclava. Todos los escoceses, todo el mundo está en deuda con este hombre. Lo único que podría pedir a Escocia es le absolviese de haberla dignificado más que cualquier millón de escoceses intachables que nada tengan que perdonar. Luchó a pecho descubierto, bogó en las galeras francesas, vagó desamparado en el destierro, entre las nieblas y tormentas, fue censurado, tiroteado a través de la ventana de su casa; su vida fue continua y triste lucha. Muy aventurada era su empresa para esperar recompensa en este mundo. No puedo pedir excusa en su nombre, porque se muestra indiferente a cuanto se haya dicho sobre él durante los doscientos cincuenta años últimos. Pero nosotros, olvidando los detalles de su lucha, disfrutando de la luz originada en el fruto de su victoria, debemos ver únicamente al hombre a través de los rumores y controversias que lo rodean, por respeto a nosotros mismos.

Knox no quiso erigirse en Profeta de su Pueblo, viviendo en la sombra cuarenta años antes de alcanzar celebridad; pobres eran sus padres; se educó en un colegio. abrazando la carrera eclesiástica, adoptando la Reforma, contentándose con que le sirviese de guía en la vida, sin forzar a nadie a que la reconociese. Era preceptor de distinguidas familias; cuando algún grupo lo requería para que expusiese su doctrina, Knox predicaba, resuelto a no separarse de la verdad, a declararla cuando se le requería para ello, sin ambicionar nada, sin creerse llamado a otra cosa; así llegó a los cuarenta años. Figuraba en el grupo de los Reformadores sitiado en el Castillo de San Andrés; estaban en la capilla escuchando la exhortación del predicador cuando súbitamente, al acabar su prédica, dijo que tenían que hablar otros; que todos los que tuviesen corazón y dotes de predicador debían exponer su opinión; que entre ellos había uno llamado John Knox que gozaba de ambas cosas, como sabían todos, preguntando finalmente si le creían obligado a ello. La respuesta fue afirmativa, añadiendo era un crimen desertar del puesto, callar lo que tuviese que manifestar. El humilde Knox se vió forzado a ponerse de pie; intentó decir algo; no pudo articular palabra, rompió a llorar y huyó. No hay que olvidar la escena. Durante unos días sufrió graves trastornos, comprendiendo la debilidad de sus facultades para tan grande empresa, sabiendo el bautismo a que tenía que someterse; por eso estalló en llanto.

La sinceridad, característica principal del Héroe, se aplica enfáticamente a Knox. Nadie ha negado que fue uno de los hombres más francos, fueren cuales fueren sus otras cualidades o defectos; se atenía a la verdad y a la realidad por instinto singular, siendo la verdad lo único existente para él, despreciando todo lo demás como mera sombra y vacío. Por muy débil y desesperada que pudiere parecer la realidad, ella era lo único que le servía de base. En las galeras del Loire, donde fueron conducidos como galeotes Knox y sus compañeros tras la toma del Castillo de San Andrés, un funcionario o sacerdote les mostró una imagen de la Virgen Madre, requiriendo a los blasfemos herejes para que la reverenciaran. ¿Madre de Dios?, preguntó Knox cuando le llegó la vez, añadiendo: No es la madre de Dios, sino un trozo de leño pintado, más propio para flotar que para ser adorado, y cogiéndolo lo lanzó al río. En su situación era peligrosísimo bromear, mas eso era la verdad para Knox y continuaba siéndolo: madera pintada que no quería adorar, sin pensar en las consecuencias.

Animaba a sus compañeros de cárcel en aquellas amarguras, afirmando que su Causa era la verdadera; que prosperaría, que todo el mundo junto no podía vencerla: que la Realidad es creación de Dios; que es lo único firme. ¡Cuántos trozos de leño pintado pretenden ser realidad, más propios para flotar que para ser adorados! Knox no podía vivir fuera de la realidad, agarrándose a ella como náufrago a la escollera; si fue héroe lo debió a la sinceridad, su don principal, capacidad intelectual, digna y leal, aunque no superior sino muy inferior a la de Lutero; pero en lo tocante a su adherencia instintiva y cordial a la verdad, en franqueza, ni tiene superior ni igual; su corazón estaba forjado como el de verdadero Profeta. Una vez exclamó el Conde de Morton ante su tumba: Ahí yace quien nunca volvió el rostro ante ningún hombre; no hay moderno que se parezca tanto al Profeta Hebreo como Knox, por haber en él la misma inflexibilidad, intolerancia, rígida lealtad a la verdad Divina, severo reproche en nombre de Dios para el que reniega de la verdad; era un antiguo Profeta Hebreo con hábitos de sacerdote de Edimburgo del siglo XVI. Así debemos considerarlo, no de otro modo.

La conducta de Knox para con la Reina María, sus violentas entrevistas en palacio para reprenderla, se comentaron mucho. Su crueldad y rigidez nos llena de indignación, pero si leemos el fiel relato de lo que dijo, de lo que quiso decir, confesaremos no hay en él nada trágico, pues sus palabras no fueron tan duras, pareciéndome estaban a tenor de las circunstancias; porque no iba a palacio como cortesano, sino con carácter muy distinto y, quienquiera leyere sus coloquios con la reina y los tomara por vulgares insolencias de cura plebeyo ante una señora educada y delicada, se equivoca en cuanto a su alcance y esencia. Desgraciadamente era imposible ser cortés con la Reina de Escocia, de no ser desleal para con la Nación y Causa escocesa. Él, que no quería ver convertida su tierra natal en coto de caza de los intrigantes y ambiciosos Guisa, que la Superchería, Formulismos y Causa del Diablo imperasen sobre la de Dios, no podía hacerse agradable. Morton dijo: Es preferible lloren las mujeres a que los hombres barbudos se vean forzados a llorar. Knox fue el partido constitucional de oposición en Escocia, pues los nobles del país llamados a integrarlo por su posición no figuraban en él; por eso tuvo que serlo Knox. La reina era infeliz; más lo hubiere sido la Nación de haber sido feliz su reina. No carecía María de astucia, entre otras cosas, preguntando una vez: ¿Quién eres tú para pretender instruir a los nobles y a la soberana de este reino? Señora, un súbdito nacido en él, respondió Knox. Respuesta razonable, porque si el súbdito tiene una verdad que decir, no será la condición de súbdito lo que se lo vede.

Se censuró a Knox por su intolerancia. Bien está seamos todo lo tolerantes posible; no obstante, en el fondo, tras todo lo dicho sobre ella, ¿qué es la tolerancia? La tolerancia tiene que tolerar lo accidental, discerniéndolo claramente; tiene que ser noble, mesurada, justa en su iracundia, cuando no puede ya tolerar, mas en conjunto no sólo vivimos para tolerar, sino para resistir, refrenar y vencer. No toleramos las Falsedades, Latrocinios, Iniquidades, cuando nos agarrotan; entonces les decimos: Eres falsedad; no puedo tolerarte. Vivimos para extinguir las Falsedades aniquilándolas prudentemente. No discutiré sobre el modo de lograrlo, pues lo importante es conseguirlo. En este aspecto Knox fue ciertamente intolerante.

Es imposible que el condenado a bogar en las galeras francesas por propagar la Verdad en su tierra nativa pudiera estar siempre de buen humor, no queriendo decir esto que no fuere dócil por temperamento, ni agrio de carácter; lo que sí puedo afirmar es que no era malo por naturaleza, porque en aquel hombre sufrido, maltratado, y luchador moraban los amables y leales afectos. Que se atreviese a regañar a la reina, que dominase a los turbulentos nobles, orgullosos como eran, conservando hasta el fin una especie de Presidencia y Soberanía virtuales en aquel indomable reino, él, que no pasó de súbdito nacido en el mismo, nos prueba no se le tenía por ruin y mordaz, sino por hombre de corazón sano, fuerte y sagaz. Ésos son los que pueden imponerse. Se le acusa de demoledor por demoler catedrales, como si se tratara de un demagogo sedicioso y tumultuario; pero si nos fijamos, lo cierto es precisamente lo contrario, tanto en cuanto a las catedrales como en lo demás. No era demoler edificios de piedra lo que se proponía Knox, lo que quería era curar la lepra e ignorancia que minaban la vida del hombre. El motín no era su elemento, y, si se vió envuelto en él fue forzado por el trágico matiz de su vida, porque los hombres de su temple son enemigos natos del Desorden, al que aborrecen: mas la insinuante Perfidia no es Orden, sino suma total de Desorden. El Orden es Verdad, fundada en la base que le es propia: el Orden y la Falsía no pueden ir de consuno.

En Knox se manifiesta inesperadamente propensión al gracejo, combinado con otros rasgos, cosa que me agrada; veía claramente la parte ridícula de las cosas, siendo esto lo que da vida al brusco y grave estilo de su Historia. Grande es su regocijo al ver a la puerta de la Catedral de Glasgow a dos Prelados, disputándose el derecho de precedencia, dando zancadas, propinándose empujones, agarrándose y estrujándose los roquetes, blandiendo sus báculos como garrotes. No fue burla ni escarnio, sino amargor, aunque haya bastante de aquello. Lo que ilumina el grave rostro es una franca y suave sonrisa, no la carcajada; lo que ríe ante todo son los ojos. Knox era sincero y fraterno: hermano de los altos y de los humildes, franco en su simpatía para con todos. En su vieja casa de Edimburgo guardaba su tonelito de Burdeos; era jovial, sociable, simpático, equivocándose en gran manera los que le creen melancólico, espasmódico, fanático; nada de eso: fue hombre de una pieza, práctico, cauteloso, esperanzado, paciente, sagaz, observador, perspicaz, teniendo en efecto mucho del carácter típico escocés actual: cierta melancoUa sardónica, suficiente discernimiento, solidez de corazón que no ignoraba, sin preocuparse de lo que no le atañía vitalmente, sin callar lo que vitalmente le concernía, expresándolo de modo que todos tenían que escuchar, poniendo en ello todo el énfasis acumulado durante su silencio.

No me es odioso el profeta de los escoceses. Su existencia fue triste lucha, contendiendo con Papas y Principados, viviendo en continua pugna, derrotado, bogando como esclavo en las galeras, vagabundo en el destierro. Triste fue su lucha, pero venció. ¿Abrigas esperanza?, le preguntaron en sus últimos momentos cuando ya no podía articular palabra; levantó el índice y expiró. Honrémosle. Su labor no ha muerto; perece la letra, pero no el espíritu, como ocurre con todos los hombres.

Añadamos algo en cuanto a la letra de la labor de Knox. Su agravio imperdonable fue el deseo de que los Sacerdotes sustituyesen a los Reyes, pues se esforzó en establecer el gobierno Teocrático en Escocia, siendo ésta la suma de sus agravios, su pecado esencial. ¿Qué perdón hay para él? Lo indudable es que en el fondo quería la Teocracia, o Gobierno de Dios, consciente e inconscientemente. Lo que deseaba es que los Reyes, los Presidentes de Consejo, todos los personajes, en público y en privado, ya diplomáticamente o de otro modo, se condujesen de acuerdo con el Evangelio de Cristo, comprendiesen que ésa era su suprema Ley, esperando llegase a ser realidad que el ruego: Venga a nos el Tu reino no fuera meras palabras. Mucho le apenaba que los ávidos Barones se adueñasen de las propiedades de la Iglesia, y, cuando alegó no eran propiedad secular, sino espiritual, que debían dedicarse a usos verdaderamente sagrados, a la educación, escuelas, lugares de adoración, contestóle el Regente Murray encogiéndose de hombros: Eso es fantasía de devoto. Eso era lo que Knox tenía por justo y acertado, lo que se esforzó más tarde en realizar con celo. Si creemos que esta idea de la verdad pecaba de estrechez, que no era franca, habremos de felicitarnos no lo pudiere realizar; de que tras dos siglos de esfuerzo continuara siendo irrealizable, de que todavía sea fantasía de devoto. Pero, ¿por qué censurarle si se esforzó por llevarla a cabo? La Teocracia, el Gobierno de Dios, es precisamente por lo que puede lucharse. Todos los Profetas, celosos Sacerdotes, se muestran partidarios de ello. Hildebrando deseó la Teocracia; Cromwell también, luchando por ello, lográndolo Mahoma. ¿No es eso lo que todos los hombres celosos, ya sean Profetas, Sacerdotes, o como se les llame, desean esencialmente y deben desear? El Ideal Celeste es que la justicia y la verdad, o Ley de Dios, reinen sobre todo entre los hombres; eso es lo que en tiempo de Knox denominaban Voluntad de Dios revelada, pudiendo aplicársele ese nombre en toda época. El Reformador insiste en que a eso debemos tender día tras día. Todos los verdaderos Reformadores son Sacerdotes por naturaleza y se esfuerzan por la Teocracia.

Hasta dónde podemos introducir tales ideales en la Práctica, y cuándo debe iniciarse nuestra impaciencia al ver que no ganan terreno, siempre será cuestión sobre la que puede decirse: dejemos que penetren hasta donde puedan. Si son la verdadera fe del hombre, mostraremos todos impaciencia de que no hayan penetrado aún. Siempre habrá Regentes Murray que, encogiéndose de hombros, digan: Fantasía de devoto. Lo que debemos hacer es alabar al Héroe-sacerdote que hace lo posible para establecerlos, dedicando su noble vida a convertir este Mundo en Reino de Dios, a cambio de penalidades, calumnias y sinsabores. ¡Nunca la Tierra será demasiado divina!

Final

El Héroe como Sacerdote II

•enero 24, 2008 • Dejar un comentario

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El héroe como sacerdote.

Lutero.

La Reforma.

Knox.

El puritanismo.

 

Hablemos de Lutero y su Vida.

Nació Lutero en Eisleben (Sajonia), el 10 de noviembre de 1483, accidentalmente; sus padres, pobres mineros de Mohra, pueblecito de aquella región, fueron a Eisleben con ocasión de la Feria de Invierno; sintiendo su madre los dolores precursores del parto, vióse obligada a entrar en una pobre casa para dar a luz a Martín Lutero. Tal vez fuera a la feria con su marido con el fin de vender la hilaza y comprar lo necesario para su humilde hogar aquel invierno; quizás en todo el mundo no hubiera aquel día seres que menos llamasen la atención que aquel matrimonio de mineros. Sin embargo, ¿qué eran todos los Emperadores, Papas y Potentados comparados con ellos? En aquellos momentos venia al mundo un Hombre Poderoso, cuya luz tenía que brillar como faro que sirviese de guia a muchos siglos; el mundo y su historia esperaba a este hombre. Cosa extraña y grande, que nos conduce a otra hora Natal, en ambiente más humilde, hace dieciocho siglos, sobre la cual sienta bien no digamos nada, pensemos en silencio, porque, ¿de qué palabras disponemos para ello? ¿Paso la época de los Milagros? No; esa época no pasa nunca.

Dada la función de Lutero en este Mundo, creo debía nacer pobre; que la Providencia, que preside sobre él y todos nosotros, hizo que así fuese, sabiamente, desde luego, que viviese pobre entre los más pobres, teniendo que pedir limosna como los escolares de aquella época, cantando de puerta en puerta, acompañado de la estrechez y de la rigurosa Necesidad; no hubo hombre ni cosa que presentase buen aspecto para Lutero, creciendo entre las cosas y no sus apariencias. Sufrió mucho aquel niño de tosca figura, débil en su salud, alma grande y ávida, rebosante de talento y sensibilidad; mas su destino fue familiarizarse con las realidades, continuar su conocimiento a toda costa, siendo su tarea conducir al mundo a la realidad, puesto que había vivido excesivo tiempo contentándose con la apariencia. Aquel joven, que se había criado en borrascosos torbellinos, en las desoladas tinieblas y dificultades; tenía que salir finalmente de su tormentosa Escandinavia, fuerte como el sincero, como un dios, un Odin cristiano, un justiciero Thor, con su martillo de trueno, para anonadar a los horribles Jötuns y Gigantes monstruosos.

Quizá fuere la pérdida de su amigo Alexis, muerto por el rayo a las puertas de Erfurt, lo que encauzó su vida. Durante su niñez luchó como pudo, demostrando su avidez por aprender, manifestando su ingenio, a pesar de todos los obstáculos; sin duda su padre, para que se abriera paso en la vida, lo dedicó al estudio de las Leyes, por ser el camino más indicado; y Lutero, que entonces contaba diecinueve años, siguió el consejo de su genitor. Él y Alexis se dirigieron a Mansfeldt con el fin de visitar a la vieja familia del primero; y de vuelta, al llegar cerca de Erfurt, se desencadenó la tormenta, cayendo Alexis muerto por un rayo a los pies de su amigo. ¿Qué es nuestra vida? Se pierde en un instante, consumida como un papel, desapareciendo en la vacua Eternidad. ¿Qué son las preeminencias terrenas, los Cancillerazgos y Cetros? Todo ello desaparece tragado por la Tierra, que se abre anonadándolo; lo único que prevalece es la Eternidad. El corazón de Lutero se estremeció, determinando consagrarse a Dios, a su servicio exclusivo, y sin escuchar las exhortaciones de su padre y amigos, tomó el hábito agustino en el convento de Erfurt.

Éste fue tal vez el primer destello en la historia de Lutero, exteriorizándose decisivamente su pura voluntad que, por entonces, no pasó de punto luminoso en las tenebrosidades. Afirma que fue un piadoso monje ich bin ein frommer Mönch gewesen, que luchaba paciente y dolorosamente por evidenciar la verdad de su empresa, mas con poco éxito. Su infortunio no había sido mitigado, sino más bien aumentado hasta el infinito. Las penalidades a que tuvo que someterse como novicio, toda clase de trabajo de esclavo, no fueron motivo de quejas; la profundidad de su anhelante alma quedó sumida en toda suerte de negros escrúpulos y dudas, creyendo morir pronto, temiendo algo mucho peor que la muerte. Leemos que el pobre Lutero vivía entregado al terror de inexplicable pesadilla, creyéndose condenado a eterna reprobación. ¿No era esto la humilde y sincera naturaleza de aquel hombre? ¿Qué era él para disfrutar del Cielo? Él, que únicamente conocía la desgracia, la dura esclavitud, no podía creer en tan hermoso destino, no comprendiendo cómo era posible salvar el alma mediante ayunos, vigilias, formalismos y misas, cayendo en la mayor de las desgracias, vagando vacilante, bordeando insondable Desesperación.

Precioso debió ser para él el descubrimiento de una antigua Biblia Latina en la biblioteca de Erfurt, libro que nunca había visto, que le enseñó lección diferente a las de los ayunos y vigilias; un monje piadoso vino en su ayuda. Supo entonces Lutero que el hombre no se salva a fuerza de misas cantadas, sino por la infinita gracia de Dios: hipótesis más verosímil. Su veneración sentida por la Biblia es natural; ella era la que aportó tan preciosa ayuda, estimándola como Palabra del Altísimo y determinó atenerse a ella, como lo hizo hasta su muerte.

Así se libró de las tinieblas, venciendo finalmente a la obscuridad; a eso llamamos su conversión, siendo para él la más importante época de su vida. De allí en adelante podía vivir en paz y en la claridad, desplegar sus talentos y virtudes, adquiriendo relieve en su convento, en su país, reconocida su utilidad en todas las cuestiones delicadas de la vida. La Orden Agustina le confió misiones, como hombre de talento y fiel, apto para llevar bien sus asuntos; el Elector de Sajonia, Federico el Sabio, príncipe verdaderamente prudente y justo, puso sus ojos en él como persona de valía, nombrándolo Profesor en la nueva Universidad de Wittenberg, y Predicador; tanto en esto como en todas sus funciones, en la apacible esfera de la vida ordinaria, iba ganando Lutero el aprecio de todos los hombres buenos.

Visitó Roma a la edad de veintisiete años, enviado en misión por su convento, viendo su estado bajo el Pontificado de Julio II y causándole gran estupefacción, creyendo era la Ciudad Sagrada, trono del Sumo Representante de Dios en la Tierra. Padeció amarga desilusión, y abrigó muchos pensamientos que nunca conoceremos, porque quizá no supo expresarlos. Roma, la ostentación de los sacerdotes falsos, desprovistos de la belleza de la santidad, era falseamiento para Lutero. Un hombre humilde como él no podía reformar el mundo, estando esto muy lejos de su pensamiento. ¿Cómo podía aquel insignificante solitario ponerse frente al mundo? Por eso creía que la tarea correspondía a hombre superior a él, que su deber era no abandonar la senda del bien. Dejemos que cumpla con su ignorado deber, pues todo lo demás, horrible y triste al parecer, depende de Dios.

No saqemos cómo se habría resuelto el conflicto si el Papado hubiera ignorado a Lutero, persistiendo en su ruinosa ostentación, no saliéndole al encuentro y forzándole a que se rebelase. Quizás en este caso hubiese cerrado los ojos ante los abusos de Roma, dejando en manos de la Providencia, del Altísimo, la resolución, pues era modesto, pacífico, tardó en atacar irreverentememe a la autoridad, limitándose su tarea a cumplir su deber, no saliéndose de la senda del bien en este mundo de confusa maldad, salvando su alma. Pero el alto Clero Romano mostró su oposición, no dejando vivir tranquilo a Lutero en Wittenberg, que protestó, resistiéndose, excediéndose, viéndose zaherido, castigado hasta que se entabló la lucha entre ellos, siendo uno de los puntos culminantes en la historia del Reformador. Tal vez no hubo hombre tan humilde, tan pacífico, que encendiese tal pugna en el mundo. Creemos que su deseo era vivir aislado, laborando tranquilamente en la sombra; que si figuró de modo notable, fue contra su voluntad. ¿Qué era la notoriedad para él? Su punto de mira en este mundo era el Cielo Infinito, indudablemente, pensando que dentro de pocos años lo habría alcanzado o perdido para siempre. Nada diremos de la lastimosa teoría que supone origen de la Reforma Protestante rivalidades de codicioso tendero entre los Agustinos y Dominicos, que encendieron la ira de Lutero. Si hay alguien que la sustente podemos decirle: ante todo situémonos en la esfera del pensamiento, que es donde es posible juzgar a Lutero, a los hombres como él, sin distraemos, y entonces discutiremos con vosotros.

León X, que deseaba reunir algún dinero, envió irreflexivamente al monje Tetzel a Wittenberg con motivos mercantiles, desarrollando escandaloso negocio. Parece que este Papa fue más pagano que cristiano, si era algo. Los que confesaban con Lutero compraron indulgencias diciéndole que sus pecados habían sido perdonados. Lutero no quiso desertar de su puesto, mostrándose hipócrita, holgazán y cobarde en el reducido espacio que le estaba confiado, teniendo que salir al paso de las Indulgencias, declarando eran futilidad, triste ficción, que no podían perdonar pecado alguno. Esto fue la iniciación de la Reforma. Todos sabemos cómo avanzó tras la primera controversia pública de Tetzel el último día de octubre de 1517, entre argumentos y refutaciones, extendiéndose cada vez más, ganando en intensidad, hasta que no pudiendo acallarla, arrastró a todo el mundo. El sincero deseo de Lutero era enmendar este y otros agravios, pues nunca pensó ser causa de escisión de la Iglesia, ni rebelarse contra el Papa, Padre del Cristianismo. El elegante Papa pagano hizo poco caso del Monje y sus doctrinas; no obstante, su deseo era acallar el ruido producido por él; intentó varios métodos más suaves durante tres años, acabando por creer acabarlo con el fuego, condenando a los escritos del Monje a ser quemados por el verdugo, que su cuerpo fuera llevado a Roma atado, quizá para hacer otro tanto con él; así acabaron con Huss y Jerónimo un siglo antes. El fuego es breve argumento. El pobre Huss llegó al Concilio de Constanza tranquilizado, con toda clase de promesas y salvoconductos; era hombre impetuoso, mas no rebelde; a su llegada lo encerraron en un calabozo de piedra de tres pies de anchura, seis de alto y siete de largo, quemando su sincera voz para que no la oyere el mundo, ahogándola en humo y fuego. Eso no estaba bien.

Perdono a Lutero que no se rebelase por completo contra el Papa. El elegante Pagano encendió en noble y justa ira el corazón más bravo, más humilde y más pacífico existente por entonces en el mundo con su ígneo decreto. A mis palabras, dictadas por la verdad y la sobriedad, que tienden fielmente a propagar la verdad de Dios en la Tierra, salvando a los hombres, que es lo único que nos permite la incapacidad humana, tú, el representante de Dios en la Tierra, respondes enviando al verdugo con la tea encendida. Quieres quemarme a mí y a mis palabras como respuesta al mensaje de Dios que se esfuerzan por hacer llegar hasta ti. No eres representante de Dios en el mundo, sino otra cosa. Tomo tu Bula como Falsedad y la quemo. Ya haras luego lo que mejor te parezca; esto es lo que hago yo ahora. El 16 de diciembre de 1520, tres años después del comienzo de la contienda, Lutero, rodeado de gran gentio, dió este indignado paso de quemar el decreto papal a la puerta Eister de Wittenberg. El pueblo de Wittenberg asistía gritando; todo el mundo tenía sus ojos en ello. El Papa no debió provocar aquellos gritos, que fueron los que despertaron a las naciones. El tranquilo corazón alemán, modesto, paciente, no pudo sobrellevar la carga que finalmente se le impuso. El Formulismo, el Papa Pagano y otras Falsedades y Apariencias corrompidas, llegaron al término de su dominación, surgiendo de nuevo un hombre que se atreviese a declarar que el mundo de Dios no se basaba en apariencias, sino en realidades, que la Vida es verdad y no superchería.

En el fondo hay que considerar a Lutero como Profeta Iconoclasta, hombre que condujo de nuevo al hombre a la realidad, función de grandes hombres y maestros. Mahoma dijo: Vuestros ídolos son madera negra¡ les aplicáis cera y aceite, se les pegan las moscas. Lutero dijo al Papa: Eso que llamas Perdón de los Pecados, es un trozo de papel y tinta, y nada más; eso y cosas parecidas no pasan de ser eso. Sólo Dios puede perdonar los pecados. ¿Es el Papado, la Paternidad espiritual de la Iglesia de Dios vana apariencia de tela y pergamino? Es horrendo¡ la Iglesia de Dios no es apariencia, como no lo son el Cielo y el Infierno. Me opongo a ello, pues a esto me obligas; al oponerme, yo, pobre monje alemán, soy mds fuerte que todos vosotros. Solo estoy, sin amigos, acompañado de la Verdad Divina¡ tú con tus tiaras, triples sombreros y escudos, rayos espirituales y temporales, estás junto a la Mentira del Diablo, y no eres tan fuerte.

La escena de mayor grandeza en la Historia Moderna Europea es la Dieta de Worms, en la que se presentó Lutero el 17 de abril de 1521, originándose en ella la subsiguiente historia de la civilización. Tras múltiples negociaciones y discusiones llegaron a convocar la asamblea. El joven Emperador, Carlos V, con todos los Príncipes alemanes, nuncios papales, dignatarios espirituales y temporales reuniéronse allí para escuchar a Lutero, ver si se retractaba o no. A un lado sentáronse el poder y la pompa del mundo; al otro un hombre que defendía la Divina Verdad, el humilde hijo del minero Hans Lutero. Los amigos le recordaron a Huss, aconsejándole no asistiese; él no admitió consejos. Un gran grupo de amigos salió a su encuentro para disuadirle, respondiendo él: Aunque hubiera en Worms tantos Diablos como tejas, iría. Al siguiente día, al encaminarse a la Dieta se agolpaba la gente en ventanas y terrados, gritándole algunos solemnemente no se retractase. ¿Quién me negará ante los hombres?, le decían como solemne ruego y conjuro. ¿No era realmente nuestro ruego, el del mundo entero, postrado en oscura esclavitud espiritual, paralizado por tenebrosa Pesadilla espectral, Quimera con triple corona, que se llamaba Padre en Dios? ¿Por qué no decirle?: Líbranos; en ti está, ¡no nos abandones!

Lutero no nos abandonó. Su discurso, que duró dos horas, distinguióse por el tono de respeto, prudencia y sinceridad, dispuesto a someterse a lo que requiere sumisión legal, no sometiéndose a nada más que a ello. Declaró que sus escritos eran suyos en parte, en parte derivados de la Palabra de Dios. En cuanto a los suyos, débiles como humanos, podía arrepentirse de su ira, su ceguera, muchas cosas que consideraba beneficiosas, mas en cuanto a lo basado en la sana verdad y la Palabra de Dios, no podía efectuarlo. Refutadme con pruebas de la Escritura, con argumentos claros y justos, pues de otro modo no puedo retractarme, porque no es leal ni prudente contrariar a la conciencia. Aquí estoy; no puedo hablar de otra suerte. ¡Que Dios me ayude! Éste fue el momento de culminante grandeza en la Historia Moderna del Hombre. De haber obrado Lutero de otro modo en aquel instante, el Puritanismo inglés, Inglaterra y sus Parlamentos, las Américas y la labor de dos siglos, la Revolución Francesa, Europa y lo hecho por ella hasta hoy en todo el mundo, se hubiere desarrollado de otra manera, porque el germen de todo eso estaba en su proceder en aquella hora. Europa preguntaba: ¿Me hundiré cada vez más en el engaño y la estancada putrefacción hasta morir asquerosa y execrablemente o llegaré al paroxismo que me purifique de falsedades, curándome y vivificándome?

La Reforma trajo consigo grandes guerras, largas discusiones y desunión, que aun hoy perduran estando lejos de su término; mucho se habló de todo eso vituperándolo; no niego sea lamentable, mas ¿qué tuvo que ver Lutero o su causa con ello? Lo extraño es se achaque eso a la Reforma. Grande seria la confusión cuando Hércules encauzó el río purificador hacia las cuadras del Rey Augias, pero no creo sea él a quien hay que lanzar el reproche. Cierto es que la Reforma tenia que producir sus resultados cuando llegase, pero no pudo evitar su aparición. El mundo contesta a todos los Papas, sus defensores que reconvienen, se lamentan y acusan: Habéis falseado el Papado y, a pesar de su pretérita bondad y la pretendida actualmente, no podemos creer en él, pues la luz concedida por el Cielo a nuestro entendimiento para guiarnos en este mundo nos dice que es increíble. Ni queremos ni intentamos creer en él: no nos atrevemos. Como es falso traieionaríamos al Poseedor de toda Verdad si pretendiéramos que es cierto. Rechacémoslo aceptando lo que venga a reemplazarlo, pues no podemos depender ya de él. Ni Lutero ni su Protestantismo son responsables de esas guerras, siéndolo los falsos Simulacros que lo forzaron a protestar. Lutero hizo lo que cualquier hombre creado por Dios, no sólo tiene derecho a hacer, sino que debe hacer por sagrado deber; es decir, responder con un ¡No! cuando la superchería le pregunta: ¿Crees en mí? Hay que considerar lo que costó tal decisión. Indudablemente se iniciaba una unión y organización espiritual y material en el mundo, mucho más noble que el Papado o el Feudalismo en sus días de mayor sinceridad, basada en los Hechos, no en las Apariencias y Simulaciones, única manera de que se produjese y afianzase, porque rechazamos la unión basada en el engaño, que nos manda expresarnos y obrar hipócritamente. Diréis que es preferible la paz; pero, ¿no es paz el letargo animal? ¿No hay paz en el silencio sepulcral? Lo que queremos es paz vital, no la paz de la muerte.

No obstante, al apreciar con justicia los indispensables beneficios de lo Nuevo, no hemos de mostramos injustos con lo Viejo, pues lo Viejo fue sincero, aunque no lo fuera después. En tiempos de Dante no fue precisa la mistificación, la ceguera voluntaria u otro fraude para reconocer la verdad; aquello era bueno, había en su espíritu imperecedera bondad. El grito de ¡Abajo el papismo! es necio en estos tiempos. Inútil es argumentar, gana terreno el Papismo aduciendo que edifica nuevos templos y otras razones por este estiló; curioso es contar unas cuantas iglesias, prestar oídos a los que desacreditan al Protestantismo, tomar en serio ciertas tonterías caídas en el letargo que todavía se le atribuyen y afirmar: El Protestantismo está muerto; el papismo tiene más vida que él y lo sobrevivirá. Muchas de las necedades aletargadas que se consideran Protestantes, han muerto, pero no el Protestantismo, porque si bien miramos, él es el productor de su Goethe y su Napoleón, de la Literatura alemana y de la Revolución Francesa, importantes signos de vida. En el fondo, ¿qué hay de más vivo que el Protestantismo? La vida que anima todo lo demás es meramente galvánica, que ni place ni es duradera.

Por más capillas que edifique, el Papismo no podrá volver ya, como tampoco el Paganismo, aunque exista aún en algunos pueblos. En esto ocurre lo mismo que con la marea: vemos que las aguas avanzan y retroceden, habiendo momentos de indecisión; esperemos media hora, esperemos medio siglo para ver la situación del Papado. ¡Ojalá no hubiere mayor peligro para Europa que la resurrección del viejo y abatido Papa! Es como si Thor intentara resucitar. Estas oscilaciones encierran su significado. El rancio y decaído Papado no morirá por completo como Thor; vivirá algún tiempo; no debe morir. Pudiéramos decir que lo Viejo no muere nunca hasta que todo lo bueno existente en él ha sido infundido en lo práctico Nuevo. Mientras sea posible hacer bien de acuerdo con Roma, o lo que es lo mismo, mientras podamos llevar una vida piadosa, guiándonos por ella, la adoptará el alma humana, siendo su testimonio viviente. Se nos impondrá a los que lo rechazamos, hasta que nuestra práctica haya asimilado la verdad que encierra. Entonces, sólo entonces, perderá el encanto para el hombre. Si dura, responde a cierto fin. No nos preocupemos; que viva mientras pueda.

En cuanto a esas guerras y derramamiento de sangre, he de manifestar que ninguna de ellas se inició durante la vida de Lutero, pues la controversia nunca se trocó en lucha, siendo para mí prueba de su grandeza en todos sus aspectos, pues fueron pocas las veces que un hombre productor de inmensa conmoción dejase de perecer en ella, pues éste es el destino de los revolucionarios. Lutero continuó siendo soberano en esta gran revolución; los Protestantes de toda jerarquía pusieron sus ojos en él como guía, jefe que no perdía la serenidad, que continuaba firme y pacífico en su puesto. Quien así se conducía, debió gozar de real fatultad, poseer el don de discernir dónde estaba la entraña de las cosas, afianzarse valerosamente en ella, como hombre fuerte y sincero, para que otros sinceros como él, se le uniesen, pues de no ser así carecería de adeptos. En aquellas circunstancias, fue ciertamente notable la clara y profunda fuerza de juicio de Lutero, vigoroso en todo, en silencio, tolerancia y moderación.

Su tolerancia fue típica, distinguiendo lo esencial y lo que no lo es, atendiendo sólo a lo primero. Una vez le dijeron que un predicador reformado se negaba a predicar sin sotana; que se la ponga, respondió, ¿qué mal hay en que la lleve? ¡Póngase tres si cree que eso le beneficia! Su proceder en la cuestión de los iconoclastas de Karlstadt, los Anabaptistas, la guerra de los Campesinos, indica nobleza de fuerza, muy distinta a la espasmódica violencia. Era hombre que discernía la realidad de las cosas, fuerte y justo, que indicaba sabiamente lo que había que hacer, aceptándolo los demás. Sus escritos testimonian cuanto decimos. Aunque el dialecto de esas especulaciones se haya anticuado, las leemos con gusto. Su estilo gramatical es tolerable todavía; el mérito de Lutero en la historia literaria es grande, pues su modo de escribir fue el adoptado en todas las obras. Cierto es que sus veinticuatro volúmenes en cuarto no están bien redactados, mas hay que tener en cuenta que los escribió apresuradamente, sin propósito literario. Debo declarar que en ningún libro hallé facultad más robusta, genuina y noble, que en los suyos, escritos con ruda sinceridad, familiaridad, sencillez, sentido y vigor. Irradia luz; sus mortíferas frases penetran el secreto de lo que trata; muestra gracejo, tierno afecto, nobleza y profundidad; en él hay un Poeta; mas su tarea era elaborar un poema épico, no escribirlo. Lo considero un gran Pensador, porque su grandeza de corazón lo proclama.

Dice Richter que las palabras de Lutero son semi batallas, y así pueden calificarse. Su cualidad esencial era poder luchar y vencer; fue modelo exacto de Valor viril. En esa raza de teutones, cuya característica es el valor, no hubo hombre más valiente, ni corazón más animoso que el suyo. Su reto a los Diablos en Worms, no fue mera jactancia, como pudiere creerse, de producirse hoy. Creía Lutero que los diablos, ciudadanos espirituales de las Tinieblas, asediaban continuamente al hombre, cosa a que alude repetidas veces en sus escritos, sirviendo de base para que algunos se le burlasen. Cuando visitamos su estancia en el Wartburg, dende traducía la Biblia, nos señalan una mancha negra que hay en la pared; extraño recordatorio de una de sus luchas. Estaba traduciendo un salmo, fatigado de su largo trabajo, débil a causa de la abstinencia, cuando vió ante sus ojos una odiosa e indefinible Imagen, que tomó por el Malo, que le molestaba en su tarea; levantóse retador, lanzando el tintero contra el espectro, que desapareció. Allí está la mancha de tinta, curioso monumento de muchas cosas. Cualquier practicante de farmacia puede hoy decirnos qué hay que pensar sobre tal aparición y de modo científico, mas el corazón del hombre que se atreve a levantarse y desafiar frente a frente al Infierno, no puede dar mayor prueba de intrepidez. Ni en el mundo, ni bajo de él, había cosa que lo acobardase. En uno de sus escritos, dice: Bien sabe el Diablo que esto no tiene su origen en el miedo, pues he visto y desafiado innumerables Demonios. El Duque Jorge (de Leipizg, uno de sus grandes enemigos) no iguala a un solo Diablo (ni mucho menos). Si tuviere algo que hacer en Leipzig, allí iría, aunque lloviesen Duques Jorges nueve días seguidos. ¡Qué diluvio de Duques! Grandemente se equivocan los que imaginan que el valor de este hombre fue ferocidad, terca y vulgar obstinación, crueldad, como muchos creen: muy lejos de eso. Puede haber ausencia de temor, debido a ausencia de preocupación o afecto, presencia de odio y de estúpida ira. No apreciamos en mucho el valor del tigre. En Lutero se daba cosa muy diferente, no hay acusación más injusta que la de mera violencia feroz. Su corazón estaba henchido de bondad, piedad y amor, como todo corazón valiente de veras. El tigre huye ante enemigo más fuerte que él, por eso no lo creemos valiente, sino fiero y cruel. Pocas cosas conozco más conmovedoras que los suaves latidos de afecto, suaves como los del hijo o de la madre, que animaban el Impetuoso corazón de Lutero, tan verídico, puro, sin hipocresía, familiar, rudo en sus expresiones, claro como el agua que surge de la roca. ¿Qué fue aquella actitud abatida por la desesperación y reprobación que vemos en su juventud, sino producto de noble y reflexiva mansedumbre, sutilidad y finura de afecto? Ése es el estado en que están sumidos hombres como el desdichado Cowper. Para el observador superficial, Lutero podría pasar por tímido, débil; la modestia y la ternura afectiva son sus principales características. El valor despertado en corazón como el suyo, es noble; al verse hostigado y desafiado, se inflamó con celeste llama.

En la Sobremesa de Lutero, libro póstumo de anécdotas y frases recopiladas por sus amigos, ahora el más interesante entre todos los suyos, hallamos bellas manifestaciones inconscientes de su verdadera naturaleza. Su modo de proceder ante el lecho de muerte de su hija, grande y admirable todavía, figura entre los más emocionantes. Se resignó a que muriese su pequeña Magdalena, anhelando al mismo tiempo conservase la vida, siguiendo su pensamiento empavorecido la ascensión de su almita a través del reino desconocido, con el corazón desgarrado, encogido, sincero, pues a pesar de todos los credos y dogmas comprendía que nada sabemos ni podemos saber: su pequeña Magdalena iba a reunirse con Dios, porque Dios lo quiso así; también eso era todo para Lutero; Islam es todo.

Una noche asomóse a una de las ventanas del Castillo de Coburgo, su Patmos solitario, contemplando la gran bóveda de la Inmensidad, surcada por largas y veloces nubes, muda, gigantesca, preguntándose: ¿Quién sostiene todo esto? Nadie vió nunca las columnas que lo soportan; no obstante, se sostiene. Dios lo sostiene; hay que reconocer que Dios es grande, bueno, tener fe en lo invisible. De vuelta de Leipzig le sorprendió la belleza de los campos a punto de segar, diciéndose: ¿Cómo se sostiene el amarillo trigo sobre su esbelto tallo?; su dorada espiga se inclina y balancea; la humilde tierra lo ha producido al mandato de Dios: es el pan del hombre. Contemplando un crepúsculo en el jardín de Wittenberg vió un pajarillo que se posaba en una rama, exclamando: Sobre ese pajarito lucen las estrellas, está el profundo Cielo de los mundos; ha plegado sus alitas y se posa confiadamente para pasar la noche; su Creador le ha procurado cobijo. No falta la alegría en este libro; en este hombre había un gran corazón humano. Su lenguaje posee áspera nobleza, abunda en modismos, es expresivo, sincero, brillando en él de vez en cuando los matices poéticos. En Lutero vemos un hermano. Su afición a la música es resumen de todos sus afectos; muchas de las cosas que no pudo expresar con la palabra las confió a los tonos de la flauta, afirmando escapaban los Diablos cuando oían sus notas. Por una parte desafiaba a la muerte, por otra amaba la música. Para mí éstos eran los dos polos opuestos de su grande alma; entre ellos había lugar para todo lo grande.

En el rostro de Lutero veo la expresión de su personalidad, creyendo que los mejores retratos de Kranach son su fiel efigie, rostro de plebeya dureza, con sus grandes cejas y huesuda cara, emblema de tosca energía, faz casi repulsiva a primera vista. No obstante, en sus ojos brilla indómita y silenciosa pena, melancolía sin nombre, elemento de suaves y finos afectos, imprimiendo al resto el sello de la verdadera nobleza. Lutero reía, pero también lloraba; el llanto y el duro trabajo le acompañaban, siendo la Tristeza y la actividad base de su vida. En sus últimos días, tras los triunfos y victorias, expresa su cansancio de vivir, considerando que sólo Dios puede y quiere regular el curso de las cosas, que tal vez no esté lejano el Día del Juicio. Únicamente desea una cosa: que Dios lo libre de su labor, lo llame y lo deje gozar de reposo. No lo comprenden los que señalan ese deseo para desacreditarlo. Para mI Lutero es el verdadero Gran Hombre, grande intelectualmente, en valor, afecto e integridad, uno de los más amables y valiosos, no de la grandeza del esculpido obelisco, sino de la montaña alpina, tan sencillo, honrado, espontáneo que no piensa en la grandeza. Es el picacho granítico que rasga las nubes adentrándose en el Cielo; el monte en cuyas requebrajaduras brotan las fuentes que vivifican bellos valles floridos. Es Héroe Espiritual y Profeta, verdadero Hijo de la Naturaleza y de los Hechos, cuya aparición agradecerán al Cielo los siglos pasados y venideros.

Continúa…

 
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